Enrique: su llegada a Iquique

Iquique, 19 de diciembre de 1907

A Begoña le contó que del primer día sólo recordaba con certeza el aburrimiento, las moscas, el olor a podrido, la humedad y el calor sofocante. También ver a su padre caminando en círculos y chuteando piedras con desesperación y con rabia; a su hermano Eduardo encaramado sobre un baúl de cuero oteando el sol todavía bien alto sobre el horizonte y la silueta negra de su madre caminando entre la neblina yendo a comprar un poco de pan y de queso para aplacar el hambre.

Dos semanas antes había cumplido ocho años.

Fue un miércoles, casi al finalizar la primera semana de un viaje siempre hacia el sol desde un puerto en el Golfo de Malaca hasta adonde habían llegado después de otras infinitas semanas por caminos llenos de baches y de guardias corruptos, pasando por aldeas que olían a cordero asado y romero, primero; y a pescado seco y salado, después.

El día de su cumpleaños, su madre produjo, quién sabe cómo ni de dónde, un macarrón de coco y, subidos a la cubierta del barco, su padre le dejó usar por todo el resto del día su brújula de bolsillo.

Enrique recordaba más la algazara y la estela gris de ropa interior que los emigrantes iban arrojando por la borda cuando los marineros anunciaron que los cerros que se veían sobre las olas caprichosas eran los de Callao.

Eduardo y Enrique también gritaron, pero su padre los hizo apaciguarse.

—No es todavía la hora de celebraciones. Nuestro destino está más al sur, en Iquique —les dijo. Donde hay estepas y praderas más grandes que el mismísimo océano —añadió.

—¿Hay osos en los bosques? —le preguntó Eduardo.

—No hay bosques; pero hay una arena blanca que arde y chisporrotea, si la acercas al fuego —le contestó el padre.

—¿Y para qué sirve esa arena?

—Es milagrosa; todas las plantas: el trigo, la cebada, el centeno, el mijo, crecen sanas y fuertes con ella. Viviremos donde nacen los nutrientes del mundo.

Pero no se quedaron mucho tiempo en Iquique.

Ese primer día, Simón Latz se encontró con que la oficina de la empresa de contabilidad con la que había estado contactándose desde Monastir y con la que había conseguido un contrato estaba cerrada desde hacía meses. El dueño había muerto de un infarto en un lugar poco santo y al hijo, que después de dos horas de espera accedió recibirlo en un despacho lleno de cajas de madera, no le interesaba para nada seguir con la empresa paterna.

—¿Y qué voy a hacer ahora? —le preguntó Simón.

—¿Y a santo de qué me pregunta usted a mí eso?

—Algún consejo me podrá dar. Usted es de aquí y conoce a más gente.

—Yo no tengo consejos, señor Latz.

—Pero algo tendrá que decirme.

—Quédese calladito, señor Latz, quédese calladito. ése es mi consejo.

—Pero alguien me tiene que compensar. Yo dejé todo allá para venirme aquí.

—No se agite, señor Latz: eso es pura mala suerte suya.

—Usted no me puede hacer esto. Yo voy a protestar.

—Señor Latz: quédese calladito y no llame la atención, a no ser que quiera pasar un mal rato.

—¿Un mal rato me dice? ¿Peor que éste? ¿De qué me está hablando?

—¿Que no ha visto a ésos en la calle gritando y revolviendo el gallinero?

—He oído que quieren dos peniques de aumento.

—¿Y usted no sabe quiénes son los que los azuzan?

—No. ¿Quiénes?

—¿Seguro que no lo sabe?

—Soy nuevo aquí.

—Se le nota. Se lo digo. Son tres: uno, los cholos, que todavía por aquí quedan muchos; dos, los anarquistas que nos han estado llegando. Tres. ¿Seguro que no sabe?

—Ya se lo he dicho. No lo sé.

—Los de su tribu.

Enrique recordaba que el segundo día tuvo miedo.

Los despertó el ruido de la metralla y de los gritos —le dijo. Se arrojaron todos al piso de la pensión frente a la escuela donde habían encontrado refugio la noche anterior, reptando bajo las camas, quedándose allí por horas, en silencio, sin atreverse a hacer ningún ruido, asqueados por el olor de la sangre que él creyó ser de millones de conejos degollados.

Enrique se quedó callado pensando boca arriba, tendido ahora, sonriendo o quizás más bien llorando, junto a Begoña. De pronto recordó algo, se levantó de un salto, fue hasta su escritorio y abriendo la última gaveta de la derecha hurgó en la caja de Romeo y Julieta llena de papeles doblados, fotos viejas y sellos de correo, hasta encontrar una C de 36 puntos.

Volviendo a la cama se la mostró como el niño que le muestra un escarabajo a una amiga. Era un ordinario tipo de imprenta que él había encontrado dos mañanas más tarde tirado frente a una casa que parecía haber servido de imprenta clandestina con los cristales rotos y con tres hombres y una mujer cara a la pared, atados a una soga que llegaba hasta el farol de la esquina. Alguien había comenzado una hoguera con las hojas de papel impreso que los soldados traían del interior oscuro y un tonel de tinta roja derramada salpicaba la acera.

—¿Por qué la recogiste? —le preguntó Begoña.

—No lo sé —le contestó él. Supongo que mi curiosidad pudo más que mi miedo.

—¿Curiosidad por una C?

—Robinson.

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