Begoña, nota a sí misma, tres

La única vez que vi a Cansinos Assens fue cuando le llevé ese libro para que me lo firmase. Franco le había arrebatado su credencial de periodista y sobrevivía haciendo traducciones y dando clases privadas a alumnos del bachillerato. Después fue peor, porque ni siquiera le permitían firmar sus eruditas introducciones a libros diversos y éstas debían publicarse anónimas, disimuladas y en silencio.

Así Cansinos Assens vivía su exilio interior. Aunque muchas veces pudo marcharse de España, nunca quiso hacerlo. Oí una vez decir que Cansinos Assens no se decidía a salir del país, porque no quería dejar sola a su hermana. Pero yo creo que ésas son boberías. La razón de su negativa es más profunda y trascendental.

Con su valentía y tesón, Cansinos Assens había lentamente recuperado su identidad judía sepultada por siglos de conversión forzada. Para Cansinos Assens, recuperar su judaísmo había sido un arduo proceso de apropiación de ese espacio físico y espiritual que le había sido cruelmente negado. Por eso, a pesar de los costos que le significaban las censuras y los silencios impuestos por la dictadura, Cansinos Assens sentía más que nunca la necesidad primordial de continuar reivindicando a brazo partido su derecho ancestral —más antiguo que el de los godos encaramados como cabras en los montes de Covadonga— a ser un judío en España o, mejor dicho, en su patria Sefarad.

Cuando recién le vi, sentado solo en una de las mesas del fondo de ese café desvencijado de la esquina de Goya con Narváez, Cansinos Assens me pareció mucho más viejo y cansado de lo que me lo había imaginado. Pero en cuanto me habló, me conmovió enseguida su fuerza y sosegada vitalidad.

—¿No teme usted contagiarse? —me preguntó huraño cuando me le acerqué, le pedí permiso para sentarme a su lado en la mesa y le alcancé su libro.

—Mucho me temo que ya estoy contagiada —le contesté.

Cansinos Assens sonrió y, mientras se liaba un cigarrillo de picadura, me contó la historia de la niña que caminaba huérfana, perdida, descalza y triste por un sendero frío y cenagoso, hasta que se encontró con una viejecilla sucia y haraposa la que, revelando sus poderes mágicos y apiadándose de su miserable condición, la transformó en un millón de felices granos de polen esparcidos doquiera por el viento, y que según él —pero yo no le creí— había olvidado incluir en su traducción del libro de Scheherezade.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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