Begoña, su casa en Peñalolén

Begoña se refugió primero en casa de su amigo Víctor. Suspiró aliviada cuando pasadas tres semanas de carreras, de miedo, de horror y de angustia, los milicos por fin reconocieron que habían trasladado a Enrique al campo de prisioneros de Ritoque, donde pronto hasta podría recibir visitas, le dijeron. Sin embargo, después del suspiro, Begoña sintió que paradojalmente eso también le complicaba las cosas: de una manera ella también entonces quedaba doblemente prisionera.

De su casa de Peñalolén no había quedado nada después del incendio. Antes había sido una gran estructura circular con un inmenso fogón al medio que Enrique hizo construir, años antes de conocerla, siguiendo el entusiasmo de su hermano Eduardo, fascinado con sus descubrimientos entre los fueguinos. Rompiendo toda su simetría cosmológica, pero “conservando su espíritu libertario”, Begoña le había hecho agregar el círculo más pequeño e íntimo que les servía de dormitorio y el altillo con dos ventanas grandes al que se llegaba por la escalera de caracol rescatada del derrumbe de la Iglesia de las Carmelitas Descalzas, donde podían refugiarse en soledad y en silencio cada vez que se cansaban por un tiempo el uno del otro.

Allí me quedaba también yo cuando los visitaba los fines de semana y ahí solía quedarse después también Elvira.

Aunque la casa la hizo construir Enrique, fue Begoña quien la transformó en el sitio de reunión de ese grupo heterogéneo de amigos y de amigos de amigos que se turnaban espontáneamente para llegar una o dos veces al mes con una botella de vino, una media docena de empanadas o el último libro de Manuel Rojas o de Marianela Catalán bajo el brazo. A veces se encontraban con la Catalán misma o con Manuel leyendo párrafos todavía inéditos de sus cuentos o a Irene Porras y a su pareja improvisando contrapuntos con sus flautas.

A menudo, los visitantes se entramaban en acaloradas y sesudas discusiones políticas sobre todo cuando se acercaban las elecciones, más por diferencias tácticas que doctrinarias, aunque de éstas también las había. Pero la sangre raramente llegaba al río y todos volvían como si nada hubiera pasado un par de semanas más tarde, atraídos por el vino navegado con canela, clavos y naranjas preparado por Enrique o por la macoña que él cultivaba paciente, generosa y hábilmente, en la pequeña falda de terreno que, con suficiente sol y sombra, se encaramaba hacia los cerros.

La afición por su cultivo le había empezado mucho tiempo antes de haberse transformado en una moda de despistados pelilargos disfrazados de jipies. En uno de los anaqueles alrededor del fogón, perdida entre libros, cacharros y carteles de diversas convocatorias antifascistas viejas y nuevas, se alcanzaba a ver otra foto algo desenfocada y borrosa, con seguridad tomada por el hermano de Enrique, y que lo mostraba a él y a Begoña sentados juntos a un muy borracho y despeinado William Burroughs, quien se había escapado por una semana a Santiago desde la selva amazónica a visitar amigos comunes, comenzando lo que fue con ellos una breve pero fructífera correspondencia.

—Prueba un poco de ésta —le había dicho Enrique a Burroughs. No es ni de cerca ayahuasca, pero dentro de su clase no está nada de mal.

Fue el recuerdo de esa visita y la lectura de la novela de Burroughs lo que más tarde hizo que Begoña escribiera esa ponencia en la que abogaba por la lectura y construcción de un texto que pudiera comenzar a leerse por cualquier parte, como si fueran las hojas sueltas de una novela o de un poema dejadas caer libremente y sin ningún orden sobre una mesa.

A fines de ese invierno, al contestar una de las preguntas del público en una charla que dio en la Universidad Austral de Valdivia, Begoña extendió el concepto hasta cualquier forma de disposición de arte, incluyendo la organización de cuadros o de fotografías en una exposición, provocando el interés de Viviana Altman, una joven fotógrafa que se acercó a ella, y con la que Begoña conversó hasta bien tarde esa noche.

Almuerzo desnudo. ¿Es porque comen en pelota o porque es frugal, sin nada añadido? —le preguntó Enrique tendido en la cama bajo las sábanas mientras hojeaba el libro del gringo.

—¿Y por qué no pueden ser igual las dos opciones al mismo tiempo? —le contestó Begoña, metiéndose también desnuda ella a la cama.

De todo eso ya parecía que había pasado tantísimo tiempo. Luego de asegurarse por boca del cuñado de Carbonell que Enrique seguía, aunque choqueado y tenso, efectivamente sano, vivo y de buen ánimo, Begoña buscó otro lugar donde quedarse, decidiéndose rápidamente por ese cuarto pequeño, pero con suficiente luz natural y que daba al jardín y al sol de la mañana de la calle Amunátegui.

Odiaba vivir entre el hollín pegajoso y mugriento del centro, pero le agradó su precariedad y, sobre todo, su contraste minimalista con la abundancia de plantas, cuadros, mementos, cacharros, carteles, discos y libros, que habían atiborrado antes su casa.

“Una cama estrecha, un armario, un escritorio y una silla, era todo lo que ahora necesitaba” —se dijo. Aun así, antes de una semana de haberse instalado en Amunátegui, cargó por más de diez cuadras la inmensa maceta de greda roja con el rododendro que compró en la Vega y que puso muy satisfecha bajo los rayos de sol de la ventana, frotándose luego las manos contra su falda de pana negra.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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