Begoña, tábula rasa

Gracias al matón de la camiseta amarilla entonces, Begoña había conservado la foto de Durruti y la carta que Elvira le había enviado hacía una semana desde Umeå.

Nada quedó de lo demás.

Sentada frente a su escritorio pensó que quizás aquello no era una tan mala cosa. Se sintió liviana, sin otra atadura que la de Enrique. Podía escribir, —se dijo; escribir lo que quisiera y de lo que se le antojara, sin tener que continuar nada, porque todo lo que escribiese ahora no sería sino un comienzo.

Se preguntó en qué se diferenciaba eso del olvido y se contestó enseguida diciéndose que sólo renunciaba a lo que había sido el registro de su memoria y de sus cavilaciones, pero que ellas podían seguir transformándose en su escritura y quién le decía si no resultarían ahora más libres de temores y de aspiraciones estrafalarias.

Empezar de cero, tener todo por delante; escribir sólo por la necesidad de hacerlo, no para dárselo leer a nadie, ni siquiera a Enrique; escribir sólo para combatir el miedo, la rabia, el dolor, el odio, el desencanto.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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